sábado, 27 de abril de 2013


Les compartimos nuestro trabajo:

La vida en gris



De acuerdo con las estadísticas publicadas en el último Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en el año 2010 la tasa de migración neta (por cada mil personas) para Panamá fue de 0,7; Costa Rica 3,4; Belice -0,7; El Salvador -9,5; Honduras -2,8; Nicaragua -7,1 y Guatemala -3,0 (PNUD, 2013). Estos datos muestran, entre otras cosas, la magnitud de los flujos migratorios en Centroamérica. A tal punto que la balanza comercial de muchos de los países de la región (El Salvador, Honduras, Nicaragua) depende de manera significativa de las  remesas que perciben los familiares de los cientos de miles de personas que radican en el exterior en estatus de migrantes (en su mayoría como ilegales). Esta situación no es exclusiva del istmo centroamericano, sino que es un patrón que se repite en otros países de América Latina y el mundo.

Las repercusiones de este fenómeno no se limitan al ámbito socio-económico y político. La construcción de las identidades y la nacionalidad responde a nuevas formas y regímenes de convivencia social y cultural y a una multiplicidad de factores que persisten desde épocas del colonialismo. Así se tiene la formación de discursos ligados a los intereses corporativos y la permanencia de un lenguaje que de manera solapada algunas veces y otras abiertamente resalta las otredades y perpetua el statu quo.

La vida en gris retrata la historia de dos hermanos que, ante las difíciles condiciones de su país, uno de ellos se ve en la necesidad de migrar. Dejando su tierra y a su familia emprende una travesía que en el mejor de los casos le generará las “condiciones” para sobrevivir, en un mundo en el cual el 20% de la población vive con el 80% de los recursos y el restante 80% sobrevive con menos del 20%. 

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